(…) Reconozcamos que nunca leyeron todos los niños, que los niños lectores siempre fuimos minoría, porque leer es una afición que se puede y se debe potenciar pero en la que actúa la libertad del individuo para sucumbir o no a sus encantos. Mi dedicación a la literatura juvenil me ha llevado a visitar muchos colegios españoles y la conclusión que extraigo de esos encuentros es que hay que ayudar a leer a los niños. Ayudarlos, no en el sentido de darles la lectura mascada para que les entre sin sentir sino proporcionándoles paz de espíritu, entrenarles en el difícil ejercicio de la paciencia, transmitirles sosiego, enseñarles a que en la vida hay momentos de parón y aburrimiento que uno ha de llenar sin dar la lata ni hacer ruido, educarlos para exigir menos a los demás y exigirse más a ellos mismos, ejercitar el músculo de la fantasía a fin de que pongan en una historia tanto como reciben. Esto es tarea de un padre y de una madre. Si los padres hacen sus tareas, a los maestros les resultará más fácil contagiar el entusiasmo por la literatura, y todos entenderemos de qué manera un lector está más preparado para enfrentar el mundo que alguien que no lo es.

Elvira Lindo